martes, 2 de mayo de 2017

Cave canem

[ Cuidado con el perro ]



La erupción del Vesubio en el año 79 destruyo la vivaz y jovial ciudad de Pompeya y paradójicamente conservó sus ruinas durante siglos. Entre las muchas cosas que impresionan destaca la imagen realista de un perro, enterrado por las cenizas, que no pudo escapar porque estaba atado con una cadena en la entrada de la casa de su dueño, Marcus Veronius Primus. Su cuerpo, como el de otros hombres y seres orgánicos, al descomponerse  dejó su molde que rellenado de yeso nos ha dejado esta dramática figura.


El perro es el primer animal domesticado por el hombre, el primero que convive con el hombre como atestiguan los yacimientos arqueológicos desde el Paleolítico. En todas las culturas de la Antigüedad está presente el perro, el fiel amigo del hombre, el único que reconoció a Odiseo, Ulises, cuando regresó a su palacio en Itaca. Los romanos tenían perros en sus casas. La imagen anterior lo evidencia, no menos que esta otra imagen en la que aparece un mosaico a la entrada (fauces en latín) con la figura de un perro y la inscripción "Cave Canem". 


Por lo demás, el perro resultó tan buen guardián de la propiedad, que en la mitología grecorromana lo hacen guardián de los Infiernos, del mundo inferior. Es el famoso Canis Cerberus, Cancerbero, de canis: perro y cerberus, del griego Κέρβερος (kérberos en latín): demonio del abismo, perro de tres cabezas  que impide la salida del Hades a quienes han finalizado su vida terrena.

La palabra “canis”  queda en castellano en los términos cultos o técnicos can, canino, cánido y canícula (período de máximo calor, relacionado con la aparición de  Sirio, una de las estrellas de la constelación de Canis Maior).

“Perro” en cambio es una palabra exclusivamente castellana de origen oscuro. Corominas piensa que es una onomatopeya que reproduce el sonido o gruñido del perro. Canis sí ha pasado al  francés chien,  al italiano cane, al gallego can y al portugués cão.

Fuente: Nihil Novum Sub Sole

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